08 Oct Primero persona, después discípula y después maestra. La inocencia como puerta evolutiva
Primero persona. Después, discípula. Después, maestra.
La inocencia como puerta evolutiva.
Hay algo que cada vez me parece más esencial en el camino hacia la trascendencia: la inocencia. Pero no hablo de una inocencia ingenua, ni de la que pertenece a quien todavía no ha atravesado la vida. Hablo de una inocencia que llega después. Después de haber atravesado la cultura, las creencias, los condicionamientos, las heridas, los deseos, los miedos, las identificaciones y todos esos personajes que hemos aprendido a interpretar para poder movernos por el mundo.
Primero hay que ser persona.
Hay que habitar el cuerpo, conocer la mente, atravesar las emociones, aprender a relacionarnos, hacernos responsables de nuestra palabra y de nuestros actos. Hay que mirar de frente aquello que somos y aquello que creemos ser. Hay que trabajar sobre el personaje. No para convertirlo en un personaje mejor, sino para dejar de confundirlo con lo que somos. Y cuando ese trabajo va destilando algo, empieza a aparecer otra cosa: una sencillez. Una transparencia. Una especie de inocencia profunda.
Como si todo aquello que conforma la persona —el cuerpo, la mente, las emociones, la palabra, la presencia, incluso ese campo energético que precede y acompaña al cuerpo— empezara a impregnarse de una cualidad nueva.
Ya no hay tanta necesidad de demostrar. Ni de llegar. Ni de convencer. Ni siquiera de ser alguien espiritualmente especial. Hay algo que simplemente está. Y quizá por eso, en determinado momento, una empieza a descubrir que lo que realmente desea es meditar, estar en silencio, caminar por la naturaleza, ayunar, contemplar, limpiar el cuerpo, escuchar profundamente. No porque haya dejado de disfrutar de la vida, al contrario. Puede seguir habiendo trabajo, familia, amigos, risas, baile, placer, jolgorio. Pero aparece una posibilidad nueva:
Sociabilizar desde el silencio.
Estar con otr@s sin necesitar llenar el espacio. Compartir sin perder la quietud. Amar sin apropiarse. Hablar sin abandonar el silencio del que nace la palabra. Y para mí, eso empieza a ser un signo. No de que una haya llegado a ninguna parte, sino de que ha habido un trabajo anterior. La persona ha empezado a volverse transparente. Y entonces aparece la inocencia.
Una inocencia que ya conoce el dolor.
Que ya ha amado y perdido.
Que ya ha construido y destruido.
Que ya ha visto sus propias sombras.
Una inocencia que no necesita desconocer el mundo para permanecer limpia.
Quizá sea precisamente eso lo que la hace tan pura. Y desde ahí puede abrirse otra etapa:
la etapa de la discípula.
Porque cuando la necesidad de ser alguien empieza a aflojarse, aparece una capacidad nueva para escuchar, para recibir, para dejarse enseñar. La discípula no es quien sabe menos. Es quien ha dejado de necesitar saberlo todo.
Puede sentarse ante un maestro, ante una maestra, ante la vida, ante el silencio, ante la propia experiencia, y escuchar sin convertir inmediatamente aquello que recibe en una nueva identidad.
Ya no busca acumular conocimiento espiritual. Busca reconocer. Reconocerse. Y quizá, con el tiempo, incluso la palabra discípula desaparezca. Porque aquello que se estaba buscando afuera empieza a revelarse dentro. Entonces puede aparecer la tercera etapa:
la maestra.
No la maestra como alguien que está por encima. No como una persona que posee una verdad que los demás no poseen, sino como alguien en quien aquello que ha sido comprendido empieza a emanar naturalmente. La maestra no necesita enseñar todo el tiempo. A veces enseña hablando. A veces enseñando con su forma de vivir. A veces sosteniendo un silencio. A veces simplemente estando. Y quizá esa sea la verdadera transmisión:
que alguien pueda encontrarse consig@ misma en presencia de otra persona que ya no necesita imponerse.
Primero persona.
Después discípula.
Después maestra.
Es la misma persona atravesando capas.
Primero aprende a habitarse.
Después aprende a escuchar.
Y finalmente descubre que aquello que escuchaba fuera siempre estaba señalando hacia el mismo lugar: Hacia adentro.
Y entonces queda algo muy sencillo.
Una presencia sin demasiada explicación.
Una palabra que nace del silencio.
Un cuerpo que ya no necesita defender tanto al personaje.
Una mente que puede descansar.
Un corazón que no necesita convertirse en nada.
Y ese perfume que aparece cuando ya no hay tanto esfuerzo por ser alguien:
la inocencia.
Quizá la inocencia no sea el principio del camino.
Quizá sea lo que queda cuando el camino ha sido atravesado.
Y quizá sea justamente desde ahí —desde esa inocencia que no es ingenuidad, sino comprensión— desde donde empieza verdaderamente la trascendencia.
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Te vienes?
Feliz Vida Plena.
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