06 Nov Y si dejáramos de pelearnos con el tiempo?
¿Y si dejáramos de pelear con el tiempo?
Una invitación a vivir sin la fricción de tener que hacer que la vida suceda.
Hay algo curioso en nuestra relación con el tiempo. Cuando nos despertamos por la mañana, empieza también la película del personaje. Aparece nuestro nombre, nuestra historia, nuestras responsabilidades, nuestros planes, las cosas que tenemos pendientes y todo aquello que creemos que debemos hacer. Y, casi sin darnos cuenta, aparece también el tiempo. De repente sabemos qué hora es, cuánto tiempo tenemos, cuánto nos queda para hacer determinadas cosas y cuántas otras se han quedado esperando. El día comienza a convertirse en una sucesión de tareas, objetivos y expectativas.
Y con frecuencia aparece la ansiedad. Como si el tiempo fuera un recurso que tuviéramos que aprovechar. Como si cada minuto necesitara tener una utilidad. Como si estar sin hacer nada fuera una especie de desperdicio. Como si nuestra vida dependiera de todo aquello que consiguiéramos introducir en las horas que tenemos disponibles. Esta relación con el tiempo puede llegar a ser verdaderamente dolorosa. Nos exigimos, nos apresuramos, nos anticipamos, nos sentimos culpables cuando descansamos y, a veces, incluso cuando estamos disfrutando de algo, una parte de nosotros sigue pendiente de lo siguiente que tiene que hacer. Vivimos con la sensación de que siempre falta tiempo. Y, paradójicamente, muchas veces tampoco sabemos qué hacer con él cuando lo tenemos.
Pero ¿y si esta fuera solamente una manera de experimentar el tiempo? ¿Y si no fuera la única?
El descanso de no tener que ser nadie
Hay algo que experimentamos todas las noches y que quizá no hemos explorado suficientemente. Cuando entramos en el sueño profundo, desaparece nuestra identidad cotidiana. No hay historia personal, no hay agenda, no hay obligaciones, no hay un personaje intentando llegar a ninguna parte. Tampoco tenemos sensación del paso del tiempo. Podemos dormir ocho horas y experimentar que apenas ha transcurrido un instante. No hemos tenido que hacer nada para que la vida continuara. No hemos tenido que gestionar nuestra existencia ni mantener nuestro mundo en funcionamiento. Y, sin embargo, al despertar, todo vuelve a estar ahí.
Desde la mirada del Advaita, podemos contemplar los tres estados que experimentamos diariamente: vigilia, sueño con sueños y sueño profundo. Tres experiencias diferentes, tres maneras distintas en las que se presenta nuestra existencia. Y surge una pregunta fascinante: ¿qué es aquello que no depende de ninguna de estas experiencias? La tradición Vedanta señala hacia Turiya, aquello que está más allá de los tres estados, la realidad que no queda limitada por ninguno de ellos. No se trata de conseguir vivir permanentemente dormidos ni de abandonar la experiencia de la vigilia. Se trata de investigar si nuestra verdadera naturaleza está realmente sometida a las condiciones del personaje, sus historias y su percepción del tiempo. Porque, si podemos descansar profundamente sin tener que hacer nada, ¿por qué nos resulta tan difícil descansar en la vida cotidiana?
La ficción de que tenemos que hacer que la vida suceda
Quizá una de las grandes fuentes de sufrimiento sea la sensación de que estamos separad@s de la vida. Parece que hay una vida ahí fuera y que nosotr@s estamos aquí, frente a ella, teniendo que hacer algo para que ocurra. Tenemos que construir nuestro futuro, aprovechar las oportunidades, conseguir resultados, llenar nuestros días de experiencias y asegurarnos de que estamos haciendo algo valioso con nuestra existencia. Como si la vida necesitara nuestra intervención constante para poder desplegarse.
Pero ¿qué cambiaría si dejáramos de sentirnos separados de ella? Si en lugar de pensar que tenemos una vida empezáramos a reconocer que somos vida. Si dejáramos de situarnos frente a la existencia para empezar a sentirnos parte inseparable de ella. Desde ahí, quizá ya no necesitaríamos empujar constantemente los acontecimientos. No significaría dejar de actuar, renunciar a nuestros proyectos o abandonar nuestras responsabilidades. Significaría dejar de vivir desde la sensación de que todo depende de nuestro personaje. La vida sucede. Nos atraviesa, nos mueve, nos presenta situaciones, encuentros, oportunidades y también desafíos. Y nosotr@s podemos estar disponibles para responder. No desde la exigencia de tener que producir una vida, sino desde la confianza de formar parte de aquello que está sucediendo.
¿Y si el tiempo no nos generara fricción?
Imaginemos por un momento cómo sería despertarnos por la mañana sin entrar inmediatamente en la carrera del tiempo. Saber que tenemos cosas que hacer, pero sin sentir que nos persiguen. Tener proyectos, ilusiones y compromisos, pero sin convertirlos en una amenaza para nuestra tranquilidad. Poder estar haciendo algo y estar completamente ahí. Y poder no estar haciendo nada sin sentir que estamos perdiendo el tiempo. Quizá descubriríamos que no necesitamos elegir entre estar activos o estar en paz. Podemos hacer, crear, trabajar, encontrarnos con otras personas, caminar, cocinar, organizar un viaje o desarrollar un proyecto sin que ninguna de esas actividades tenga que convertirse en una obligación que nos separe del presente. La diferencia no estaría tanto en lo que hacemos, sino en desde dónde lo hacemos.
Cuando sentimos que tenemos que controlar el tiempo, aparece la fricción. Cuando dejamos de intentar dominarlo, podemos empezar a relacionarnos con él de otra manera. No es pasividad. Es disponibilidad. No es desinterés por la vida. Es participar en ella sin sentir que tenemos que dirigir cada uno de sus movimientos.
Estar disponibles para que la vida se despliegue
Últimamente estoy experimentando algo que me está resultando especialmente revelador. Mi relación con el tiempo está cambiando. Ya no siento esa ansiedad de tener que aprovechar el día, ni esa necesidad de estar pendiente de todo lo que queda por hacer. Las horas transcurren y las cosas van encontrando su lugar. Hay actividades, encuentros, proyectos y momentos de descanso. Hay movimiento, creatividad y también espacios en los que aparentemente no sucede nada. Y todo forma parte de lo mismo. Me gusta esta sensación de estar disponible para que la vida se despliegue, en lugar de estar permanentemente esperando que ocurra aquello que el personaje quiere.
No significa que no tenga preferencias, deseos o iniciativas. Significa que ya no necesito que la realidad se ajuste constantemente a ellos para poder estar bien. Hay algo profundamente liberador en dejar de sentir que tenemos que llevar la vida a cuestas. Quizá podamos empezar a confiar un poco más en ese movimiento del que ya formamos parte.
Vivir sin estar sometidos al reloj
No podemos detener el movimiento de los acontecimientos ni evitar que el cuerpo envejezca, que los días pasen o que existan compromisos que requieren nuestra atención, pero quizá sí podamos cuestionar nuestra relación psicológica con el tiempo.
Esa sensación de estar siempre llegando tarde a alguna parte. De tener que demostrar que nuestra vida está siendo bien aprovechada. De necesitar llenar cada espacio con algo que justifique nuestra existencia. ¿Y si no hubiera nada que justificar? ¿Y si no necesitáramos convertir cada día en una experiencia productiva para sentir que estamos viviendo?
En el sueño profundo descansamos de la identidad, de la historia y de las exigencias del personaje. Durante el día podemos investigar si también es posible descansar de esa identificación sin dejar de participar plenamente en la vida. Quizá la libertad no consista en tener todo el tiempo del mundo, sino en dejar de vivir como si el tiempo estuviera constantemente en nuestra contra. Y quizá, cuando dejamos de pelearnos con él, descubrimos algo que siempre estuvo ahí:
Que la vida no está esperando a que hagamos algo para comenzar.
La vida ya está sucediendo. Y nosotr@s no estamos separados de ella.
Feliz Vida Plena 
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