Cuando la búsqueda se aquieta

Cuando la búsqueda se aquieta

Cuando la búsqueda se aquieta

De Saguna Brahman a Nirguna Brahman

 

En el Vedanta Advaita encontramos dos conceptos que nos ayudan a comprender distintas maneras de aproximarnos a lo Absoluto: Saguna Brahman y Nirguna Brahman.

 

Saguna Brahman es Brahman contemplado con atributos, nombres y formas. Es lo divino tal como podemos relacionarnos con ello: un Dios al que amar, una deidad a la que ofrecer nuestras oraciones, una presencia ante la que cantar, rezar, hacer ofrendas o celebrar ceremonias. Aquí encuentra su lugar la vía del bhakti, la devoción, en la que el amor y la entrega pueden convertirse en una forma profunda de orientación hacia lo divino.

Nirguna Brahman es Brahman sin atributos, más allá de todo nombre, forma o representación. No es una deidad a la que podamos dirigirnos como algo separado, ni un objeto que podamos alcanzar mediante una práctica. Es la realidad última, que no puede convertirse en un objeto de experiencia porque es la propia realidad en la que toda experiencia aparece.

Desde el Advaita, estos conceptos no constituyen necesariamente dos etapas evolutivas por las que todo el mundo deba pasar. La devoción no es, por definición, una práctica inmadura, ni el reconocimiento de Nirguna Brahman exige abandonar toda expresión devocional. Bhakti y jñana pueden convivir, y la tradición advaita no establece una única biografía espiritual para todas las personas.

Sin embargo, hay algo que observo en mi propia experiencia y que también encuentro reflejado en el recorrido de mi maestro. Durante años necesité los rituales. Encender el fuego, hacer ofrendas, cantar a la deidad, peregrinar, honrar al Gran Espíritu y crear ceremonias en las que sentir que me acercaba a lo divino. Aquello tuvo su lugar en mi camino. Había belleza, entrega y una búsqueda sincera de lo sagrado.

Pero después del Satori, algo cambió.

No tomé la decisión de abandonar los rituales. No concluí intelectualmente que fueran innecesarios. Simplemente, la necesidad se cayó. Ya no sentía que tuviera que hacer algo para acercarme a Dios. La necesidad de dirigirme hacia fuera para encontrar aquello que había reconocido como siempre presente, simplemente desapareció.

Empecé a vivir la palabra sagrada en las ceremonias como palabrería. Se me hacía eterna e innecesaria la oratoria en torno a lo innombrable, además de una forma sofisticada de seducir a la audiencia con palabras bonitas, que a veces después no se reflejaba en las vidas de quienes asistíamos a esas ceremonias. Muchas veces quedaba en palabras con buenas intenciones, sin hechos posteriores. Percibía incoherencia. Me empezó a parecer ego disfrazado de espiritualidad.

Y, desde entonces, mi práctica se ha ido orientando hacia el silencio, la meditación y la autoindagación. Hacia la investigación de quién soy, más allá de todo aquello que puedo observar, experimentar o convertir en objeto de conocimiento.

No porque el canto haya perdido su belleza. Al contrario. Todavía puedo disfrutar enormemente de un concierto devocional, de la música y de la posibilidad de cantar en comunidad. Pero una cosa es disfrutar de la devoción y otra necesitarla para alcanzar un estado de conciencia que después desaparece.

Esta distinción me parece fundamental.

Podemos emocionarnos cantando, experimentar una profunda conexión colectiva, sentir que el corazón se abre y que los límites personales se diluyen. Todo ello puede ser hermoso y significativo. Pero ningún estado, por sublime que sea, es necesariamente el reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza.

Podemos pasar años buscando estados especiales de conciencia, intentando reproducir experiencias que nos hicieron sentir cerca de Dios. Y, sin darnos cuenta, convertir la espiritualidad en una nueva forma de búsqueda.

No es lo mismo experimentar un estado de unidad, que reconocer aquello que somos, incluso cuando ese estado ya no está presente.

 

Es algo que también he observado en la evolución de otr@s personas. He escuchado a mi maestro explicar que, en otros momentos, realizaban ceremonias, arti y numerosos cánticos devocionales porque la sangha necesitaba ese tipo de acompañamiento. Sin embargo, a medida que ha percibido una maduración en la comunidad, ha ido retirando algunas de esas prácticas.

Cuando escuché estas palabras, lo entendí perfectamente. Eso era lo que me había ocurrido a mí también.

Y aquí encuentro algo que me resulta profundamente significativo: la maduración espiritual puede expresarse no en una acumulación de prácticas, sino en una simplificación. En un aquietamiento progresivo de aquello que antes parecía imprescindible.

Quizá, cuando la búsqueda se vuelve más sutil, también tenemos que aprender a reconocer nuestras formas más refinadas de buscar.

La autoindagación no consiste en producir una experiencia especial. No busca llevarnos a un estado emocional concreto ni proporcionarnos una vivencia que tengamos que repetir. Nos invita a investigar quién es ese “yo” que busca, quién es quien experimenta y qué permanece cuando dejamos de identificarnos con los contenidos cambiantes de la experiencia.

Y hay otra consecuencia que para mí resulta inseparable de esta comprensión: la vida cotidiana.

Si todo es Brahman, no podemos reservar lo sagrado para el altar, el canto o la ceremonia. También está presente en nuestras relaciones, en nuestra honestidad, en la manera de tratar a l@s demás, en nuestra responsabilidad y en la disposición a servir.

Ninguna ceremonia garantiza que esa comprensión se integre en nuestra conducta. Del mismo modo, abandonar los rituales tampoco demuestra por sí solo que haya madurez espiritual, pero sí podemos preguntarnos si nuestra práctica nos está ayudando a vivir desde una comprensión más profunda o si seguimos buscando experiencias que nos hagan sentir momentáneamente más cerca de aquello que anhelamos. O si necesitamos las ceremonias para encontrar un alivio momentáneo en nuestras vidas, y así seguir adelante sin hacer los cambios evolutivos que sabemos que la vida nos está pidiendo hacer.

A veces puede ser una forma de anestesia, de medicina temporal para sentir alivio y así, seguir aferrándonos al ego.

En mi caso, ya no siento que tenga que construir un espacio especial para encontrarme con Dios. La práctica se ha vuelto más silenciosa, más sencilla y, al mismo tiempo, más exigente: permanecer en la investigación del Ser y observar cómo esa comprensión se expresa en la vida.

Quizá, cuando la búsqueda se aquieta, no queda nada que añadir a lo Absoluto.

Queda la vida, tal como es.

Y la posibilidad de vivirla sin excluir nada de lo que siempre ha estado presente.

Y hay algo más que a veces hace especialmente difícil este proceso: las formas no solo nos proporcionan prácticas o experiencias; también nos proporcionan pertenencia.

Participamos en ceremonias familiares, compartimos determinados rituales con nuestr@s amig@s, acudimos a celebraciones, repetimos costumbres que nos vinculan a una comunidad. Y, mientras esas formas tienen sentido para nosotr@s, también nos ofrecen un lugar, una identidad compartida y la sensación de formar parte de algo.

Pero ¿qué sucede cuando dejamos de reconocernos en ellas?

A veces, soltar una práctica implica también dejar de participar en los encuentros que se organizan alrededor de ella. Y entonces podemos descubrir que ya no compartimos las mismas conversaciones, que nuestras prioridades han cambiado o que el vínculo con determinadas personas estaba sostenido, en buena medida, por aquella forma de hacer las cosas.

Puede suceder en una familia, en un grupo de amistades o en una comunidad espiritual. Y puede doler. Porque no siempre estamos soltando únicamente una costumbre: a veces sentimos que estamos soltando nuestro lugar dentro de un grupo, nuestra historia compartida o incluso una parte de la identidad que hemos construido durante años.

 

El miedo a perder esa pertenencia puede llevarnos a continuar participando en algo que ya no sentimos verdadero para nosotr@s. Seguimos acudiendo, repitiendo, celebrando, quizá por cariño, por lealtad, por costumbre o por temor a decepcionar a quienes queremos.

Y, sin embargo, llega un momento en el que necesitamos preguntarnos si estamos permaneciendo por amor genuino o por miedo a dejar de pertenecer.

Esto no significa que tengamos que romper vínculos, abandonar a las personas que queremos o considerar que estamos en un nivel de conciencia superior al suyo. Podemos seguir amando a nuestra familia, honrando nuestras amistades y agradeciendo una comunidad sin tener que participar en todas sus formas. Algunos vínculos encontrarán una manera nueva de expresarse; otros quizá se transformen o se distancien o mueran.

Quizá una parte de la madurez consista en aprender a amar sin exigirnos seguir siendo quienes fuimos. En agradecer lo vivido sin convertirlo en una obligación perpetua. Y en comprender que dejar una forma no significa necesariamente negar su valor, sino reconocer que nuestra relación con ella ha cambiado.

A veces, para dar el siguiente paso, necesitamos aceptar que ya no ocuparemos el mismo lugar. Y aunque eso pueda doler o entristecernos, también puede abrir un espacio de libertad: el de vivir de una manera más coherente con lo que hoy reconocemos como verdadero.

Hay lugares que fueron nuestro hogar y que, sin dejar de formar parte de nuestra historia, ya no son ni el lugar ni las formas desde las que queremos vivir.

Y podemos marcharnos sin convertir en enemigo aquello que un día amamos, como quien deja de ir a la discoteca porque simplemente, ya no le vibra.

 

Feliz Vida Plena.

www.sayarimati.com

 

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