04 Oct Sobrevivir a la cultura. Del personaje a la consciencia y de la consciencia al potencial humano
Sobrevivir a la cultura
Quizá algunas personas no hemos sido capaces de adaptarnos al mundo laboral. Quizá hemos percibido, con bastante claridad, que determinados modos de trabajar eran incompatibles con nuestra manera de entender la vida. Desde muy pequeñ@s había algo que no encajaba. No necesariamente sabíamos cómo explicarlo. NO era una rebeldía consciente. Simplemente, había cosas que parecían absurdas: competir por competir, obedecer sin comprender, estudiar para conseguir un título, trabajar para ganar dinero, ser alguien en la vida, ganarse la vida, consumir para sentirnos bien, ascender, producir más… Mientras otr@s parecían poder introducirse en ese engranaje, nosotr@s teníamos una sensación persistente de: «¿Pero para qué?»
Y entonces llega la adolescencia, la juventud, el mundo laboral… y probamos una profesión. Luego otra. Otro proyecto, otra empresa, otro camino…Y desde afuera aparece la etiqueta:
«No sabe lo que quiere». «Es inconstante». «Es una veleta». «No termina nada». «Tiene mucho potencial, pero… » «Debería encontrar de una vez su vocación».
Pero quizá había otra cosa ocurriendo.
No era falta de vocación. Era falta de ecosistema. Porque una persona puede tener clarísimo cómo quiere vivir, qué valores quiere respetar, cómo quiere relacionarse y qué tipo de contribución quiere hacer… y aún así, no encontrar fácilmente un lugar donde todo eso sea compatible con «ganarse la vida».
Y aquí aparece el verdadero conflicto. Porque no basta con preguntarle a alguien «¿Qué te gustaría hacer»?
También habría que preguntarle:
¿En qué tipo de entorno puedes florecer?
¿Qué valores necesitas que tenga aquello a lo que entregas tu energía?
¿Qué tipo de relaciones laborales puedes sostener?
¿Qué cosas no estás dispuest@ a hacer aunque estén muy bien pagadas?
¿Qué ocurre en tu cuerpo cuando trabajas para algo o alguien que contradice profundamente lo que sabes?
¿Y qué precio estás pagando por no traicionarte?
La factura de no adaptarse.
Porque ser fiel a determinados valores puede tener un coste económico enorme:
. No acumular patrimonio.
. No comprar una vivienda.
. No tener una carrera lineal.
. No tener una pensión extraordinaria.
. Cambiar muchas veces de profesión.
. Emprender sin saber si funcionará.
. Vivir con menos seguridad económica.
. Estudiar de mayor y trabajar.
. Formarse en exceso y constantemente.
Y quizá uno de los grandes dolores es que la sociedad no reconoce ese coste como el precio de una elección ética. Simplemente lo interpreta como fracaso.
Cuando estas personas finalmente se encuentran entre sí, normalmente en viajes, ocurre algo casi conmovedor:
«Ah! ¡No era yo la que estaba rota!» No estoy sola. NO soy rara. NO soy una veleta. No soy incapaz de comprometerme. Hay otras personas que llevan décadas intentando construir una vida coherente con aquello que sienten verdadero… Y entonces aparece la comunidad, la tribu.
Y tras la etapa de viajes, o al mismo tiempo, suele aparecer la etapa del mundo del crecimiento personal.
Y aquí empezamos a revisar condicionamientos, a cuestionar patrones familiares, a aprender a regularnos, a comprender las relaciones, a cuidar el cuerpo, a aprender a gestionar las emociones, a investigar la consciencia, a preguntarnos quienes somos más allá de lo aprendido por la cultura.
Esto nos lleva de 15 a 30 años. Algo que la sociedad todavía no sabe ni nombrar.
Yo lo llamaría la etapa del desarrollo humano o de entender al personaje y al mundo de las formas. Y en esta etapa nos seduce profundamente la idea de la comunidad, de la ecoaldea, dejamos de huir del mundo para aprender a construir otro.
Una de las cosas que más me ha fascinado y relajado en esta etapa de las comunidades, es ver como estas personas que no se adaptaban a los trabajos en la civilización occidental, lo hacen estupendamente en cualquier puesto de trabajo en estas comunidades, porque efectivamente, era el ecosistema y sus formas lo que estaba fallando, no el si nos gusta hacer ese trabajo, es el fondo y el sentido de «para qué lo hacemos».
Y descubrimos otra industria: miles de terapias, miles de cursos, miles de propuestas de sanación, miles de promesas de transformación… Y volvemos a hacernos la misma pregunta: “¿Cómo podemos construir algo con corazón sin convertir también el corazón en un producto?»
Quizá sea este uno de los grandes retos de nuestra generación. No se trata de abandonar el mundo. Se trata de aprender a vivir en él de otra manera.
Y me pregunto: ¿Qué sucedería si una generación entera dedicara varias décadas de su vida no solamente a producir y acumular, sino también a desarrollar profundamente al ser humano?
¿Qué tipo de personas llegarían a los 50, 60, 70 años?
¿Qué tipo de relaciones construirían?
¿Qué enfermedades relacionadas con determinados estilos de vida podrían quizá prevenir?
¿Qué tipo de empresas crearían?
¿Qué transmitirían a l@s jóvenes?
Porque sí que creo que podemos investigar seriamente cómo los hábitos, el estrés crónico, la regulación fisiológica, las relaciones sociales, el sueño, el movimiento, el ayuno, la alimentación y otros factores influyen en el envejecimiento saludable.
Y me pregunto:
¿Y si el verdadero experimento humano fuera este? Y no simplemente «¿Cómo puedo ser más feliz?» sino «¿Qué puede llegar a ser un ser humano cuando deja de dedicar la mayor parte de su energía a adaptarse a condicionamientos que nunca cuestionó?»
Porque el último movimiento ya no sería: «Voy a construir un personaje mejor.» Sino «¿Quién soy cuando dejo de confundirme con el personaje?»
Aquí se abre el plano de la Vedanta Advaita o conciencia no dual. Esta etapa para mí es muy interesante porque es literalmente salir de la matrix.
En esta fase hay mucha paz, calma, y la sensación de haber vuelto a casa, al corazón del Ser. La búsqueda cesa. El puzzle se completa. Se acabaron las terapias para entender al personaje y empieza una etapa de autoindagación, madurez y de perseverancia en las prácticas que ayudan al personaje a permanecer en meditación. La atención se dirige hacia adentro. Resulta que el lugar o anhelo que habíamos estado buscando estaba hacia adentro y no hacia afuera: Nuestro Ser.
A esta etapa la llamo La Realización del Ser.
El ser humano nace con un potencial de desarrollo extraordinario. Y quizá nuestra cultura sea precisamente el gran reto de ese nacimiento.
Nacemos dentro de un sistema de condicionamientos y necesitamos atravesarlo para descubrir qué hay detrás.
Y entonces, la «inadaptación» puede contemplarse desde otro lugar: no como una enfermedad, no como una superioridad, no como «somos l@s elegid@s», sino como una fricción entre una sensibilidad determinada y un entorno determinado.
A veces se habla de la realización del Ser como si fuera un punto de llegada. Como si después de comprender quién somos más allá del personaje ya no quedara nada por explorar.
Sin embargo, mi experiencia está siendo otra.
La realización no ha cerrado la vida. La ha abierto.
Porque cuando la búsqueda de identidad pierde fuerza, aparece una pregunta nueva: ¿qué puede hacer un ser humano con toda la energía que antes dedicaba a intentar convertirse en alguien?
Y es precisamente ahí donde siento que me encuentro ahora.
Ahora, a mis 52 años, algo está cambiando. Otro ciclo se abre.
Siento que he llegado a un lugar que durante muchos años soñé: Tengo una relación tranquila, tengo una profesión, tengo una buena economía, tengo un cuerpo que conozco mucho mejor, tengo herramientas para cuidarme, tengo una mirada diferente sobre mis relaciones, y sobre todo, siento que ya no necesito dedicar tanta energía a intentar resolver quién soy. Rezumo seguridad y paz.
El personaje ha sido trabajado. El personaje puede seguir aprendiendo, por supuesto, pero ya no ocupa todo el escenario. El personaje ha sido visto y también a la consciencia que observa al personaje.
Este hecho —cuando la experiencia del satori irrumpió con claridad— me condujo de forma natural a otra etapa. Durante décadas gran parte de mi energía estuvo orientada a comprender al personaje, sanar sus heridas, cuestionar sus condicionamientos y hacerlo más consciente y amable. Y ese trabajo ha sido profundamente valioso.
Sin embargo, llegó un momento en el que el foco empezó a desplazarse.
Los destellos de comprensión, los satoris, e incluso los estados de profunda absorción y silencio que algunas tradiciones llaman samadhi, dejaron de ser acontecimientos extraordinarios que perseguir o alcanzar. La pregunta pasó a ser otra: ¿es posible descansar de manera cada vez más natural en aquello que permanece antes, durante y después de cualquier experiencia?
La atención comenzó a orientarse menos hacia la transformación del personaje y más hacia el reconocimiento estable de la conciencia que lo contiene.
Y así, la autoindagación, el silencio, la contemplación y aquellas prácticas que favorecen la claridad dejaron de ser herramientas para llegar a algún lugar y comenzaron a convertirse en una forma de habitar la vida.
«Ya no me interesa tanto acumular experiencias de despertar como descubrir qué ocurre cuando la conciencia deja de ser un acontecimiento excepcional y empieza a convertirse en el suelo desde el que se vive.»
¿Y si ahora empezara la parte más interesante?
Durante décadas he preparado este suelo fértil. Y en un suelo fértil, una puede investigar, la creatividad se despliega, contribuir a la sociedad es lo orgánico, profundizar es el paso natural en el camino a lo que nuestra cultura llama «envejecer».
Mis padres han muerto. Y ambas muertes, después de enfermedades largas, me han hecho mirar de frente algo que durante mucho tiempo parecía lejano: la vejez, el final de la vida, la posibilidad de morir.
Y curiosamente, en lugar de producirme miedo, me han despertado una pregunta.
¿Y si la vejez no fuera simplemente una etapa de pérdida?
¿Y si, después de décadas intentando adaptarnos a la cultura, construir una identidad, sanar nuestras heridas y descubrir quiénes somos más allá del personaje, comenzara otra investigación?
Durante años me pregunté cómo vivir una vida más consciente.
Ahora la pregunta es distinta: ¿Qué puede llegar a ser un ser humano cuando la supervivencia deja de ocupar el centro de su existencia?
No tengo respuestas definitivas.
No sé si el cuerpo humano tiene posibilidades que todavía desconocemos. No sé hasta dónde puede llegar la conciencia. No sé si algunas de las intuiciones de las tradiciones contemplativas encontrarán algún día confirmación o permanecerán como misterio, pero sí sé que esta pregunta merece ser investigada.
Por eso, mi atención se dirige ahora hacia la relación entre conciencia y cuerpo, hacia el envejecimiento, la regulación fisiológica, la contemplación, el silencio y aquellas condiciones que permiten que la vida despliegue todo su potencial.
Tal vez no hayamos venido solamente a sobrevivir.
Tal vez tampoco solamente a construir una identidad.
Tal vez hemos venido a descubrir qué es posible cuando dejamos de vivir exclusivamente para sobrevivir.
Primero aprendemos a sobrevivir a la cultura.
Después aprendemos a vivir.
Y quizá, más adelante, comienza una exploración todavía más profunda:
¿Y si hubiera otra posibilidad?
¿Y si la vejez, en lugar de ser simplemente el camino hacia la desaparición, pueda convertirse en uno de los grandes territorios todavía inexplorados de la conciencia humana, donde haya posibilidades que todavía no sabemos nombrar?
No sé si existe la inmortalidad, pero por primera vez en mi vida…me parece una pregunta legítima.
www.sayarimati.com
Te vienes?
Feliz Vida Plena
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