30 Jul Hay cosas que el cuerpo sabe antes que la mente
Durante muchos años pensé que sabía elegir bien en las relaciones donde se compartía una intimidad profunda con sexualidad.
No porque hubiera encontrado a la persona perfecta, sino porque mis relaciones se desarrollaban con claridad:
Cuando era una relación de pareja, lxs dos queríamos construir una pareja.
Cuando era una relación de amantes, ambxs sabíamos que éramos amantes.
Cuando una convivencia no era posible, encontrábamos otra manera de querernos.
Había acuerdos.
Había respeto.
Había tranquilidad.
Y, sobre todo, podía confiar en mí.
Por eso, cuando hace unos años viví una relación completamente distinta, me desconcerté profundamente.
No entendía qué me estaba pasando.
No entendía por qué una persona podía querer estar conmigo un día y al siguiente necesitar alejarse.
No entendía por qué había tanta incertidumbre.
No entendía por qué una conversación que parecía cerrar algo volvía a abrirlo pocos días después.
Y, poco a poco, sin darme cuenta, dejé de vivir la relación y empecé a intentar comprenderla.
Pensaba, analizaba, buscaba explicaciones.
Intentaba sostener aquello desde la paciencia, desde el amor, desde la comprensión.
Y mientras tanto…
Había alguien que estaba intentando decirme algo: Mi cuerpo.
Dormía peor.
Me costaba descansar cuando estaba con esa persona.
Vivía más pendiente de todo su mundo olvidando el mío propio, y esperaba con ansiedad los encuentros.
Necesitaba confirmar constantemente que todo estaba bien.
Y recuerdo pensar muchas veces:
«¿Qué me está pasando? Yo nunca había vivido así una relación.»
Durante un tiempo llegué incluso a creer que estaba perdiendo algo que siempre había tenido: La confianza en mí.
Pensaba:
«Con casi cincuenta años… ¿cómo puede ser que ahora haya tanta confusión en esta relación y en mí misma? ¿ Es que ya no sé elegir?»
Hoy lo veo de otra manera.
No había perdido la confianza.
Estaba aprendiendo un idioma nuevo.
Un idioma que hasta entonces no había necesitado aprender: El lenguaje del cuerpo.
Hasta ese momento había confiado, sobre todo, en mi capacidad para tomar decisiones.
Hoy también confío en algo más:
Confío en la información que mi organismo me ofrece.
No porque el cuerpo tenga siempre razón.
No porque cualquier incomodidad signifique que una relación no es para mí, sino porque merece ser escuchado.
Porque cuando un sistema nervioso vive durante mucho tiempo sin poder descansar, en contínua alerta …
Eso también es información.
Y escuchar esa información ha cambiado profundamente mi manera de acompañar a otras personas.
Curiosamente, no cambiaría esa experiencia por otra.
No porque crea que el sufrimiento sea necesario.
No lo es.
Ni porque piense que todo ocurre por algo.
No necesito creer eso.
Pero ya que esa experiencia formó parte de mi vida, puedo decidir qué hago con ella.
Y hoy sé que me ha convertido en una terapeuta mucho más sensible.
Ahora, cuando acompaño a una pareja, ya no escucho solamente lo que se dicen o su conducta.
También observo qué ocurre en sus cuerpos cuando están juntxs.
¿Pueden respirar?
¿Pueden descansar?
¿Pueden ser ellxs mismxs?
Porque hay relaciones que despiertan nuestra creatividad.
Que nos devuelven la energía.
Que nos hacen sentir más vivxs.
Y no porque sean perfectas, sino porque nuestro sistema nervioso deja de gastar tanta energía intentando sobrevivir.
Hace aproximadamente un año empecé una nueva relación con otro hombre.
Y una de las cosas que más me ha sorprendido no ha sido solamente sentirme más enamorada.
Ha sido sentirme más tranquila.
Dormir profundamente.
Crear más.
Trabajar con más alegría.
Sentirme más disponible para la vida. Me siento segura.
Estoy en una relación de apego seguro. Hay reciprocidad en los afectos y cuidados.
No creo que exista la pareja perfecta.
Pero sí creo que existen relaciones que se convierten en un lugar donde el organismo puede descansar. Relaciones de funcionamiento seguro.
Y cuando eso ocurre…
La vida encuentra mucho más espacio para desplegarse.
Hoy, si tuviera que resumir todo lo que aprendí en aquellos años, sería esto:
Hay cosas que el cuerpo sabe mucho antes de que la mente pueda ponerles nombre.
Hay relaciones que nos enseñan a amar.
Y hay relaciones que nos enseñan a escuchar al cuerpo cuando nos dice que ya no puede seguir sosteniendo lo que la mente todavía intenta justificar.
Y aprender a escuchar ese lenguaje ha sido uno de los regalos más importantes de mi vida.
Cuando la vida nos atraviesa, podemos transformar esa experiencia en comprensión y en una forma más sabia de acompañar a otrxs, seamos terapeutas o no.
Y a ti



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