Hay cosas que el Ser sabe antes que la mente

Hay cosas que el Ser sabe antes que la mente

HAY COSAS QUE EL SER SABE ANTES QUE LA MENTE

Durante muchos años fui buscadora.

Practicaba diferentes caminos espirituales. Había hecho retiros de Vipassana, meditaciones, tantra… Como tantas personas, buscaba comprender quién soy y descansar en una paz más profunda.

Hasta que un día ocurrió algo que jamás habría podido provocar.

Me senté a meditar como tantas otras veces.

Mi intención era muy sencilla.

Quería descansar en la respiración.

Pero, al llevar la atención hacia ella, ocurrió algo inesperado.

Comprendí que tampoco allí estaba la Verdad.

La respiración aparecía.

Y desaparecía.

Llevé entonces la atención al latido del corazón.

Y tampoco era eso.

Miré la montaña que tenía delante.

Y también dejó de ser una referencia.

La montaña era una forma.

El corazón era un movimiento.

La respiración era un fenómeno.

Todo aparecía.

Todo cambiaba.

Nada de eso podía ser lo que realmente soy.

Y entonces ocurrió.

Sin buscarlo.

Sin decidirlo.

Toda mi atención fue llevada, con una fuerza imposible de describir, al tercer ojo.

No fui yo quien dirigió la experiencia.

Fui llevada.

Y, descansando en ese espacio, descubrí la eternidad.

No hubo luces.

No hubo visiones.

No hubo un éxtasis extraordinario.

Fue algo infinitamente más sencillo.

Y precisamente por eso, imposible de explicar.

El cuerpo seguía allí.

Tenía ganas de orinar.

Los mosquitos seguían picándome.

La mente, aterrorizada, intentaba comprender qué estaba ocurriendo.

El ego buscaba desesperadamente una explicación.

Y, sin embargo, nada de eso alteraba lo esencial.

Lo más importante de aquella experiencia fue descubrir que, aunque el cuerpo seguía con sus sensaciones, la mente con sus pensamientos y el ego con sus intentos de comprender, la Consciencia lo ocupaba todo.

El cuerpo aparecía en ella.

La mente aparecía en ella.

El ego aparecía en ella.

La montaña aparecía en ella.

El mundo entero aparecía en ella.

Y comprendí, sin palabras, que aquello era la única verdad.

No una verdad filosófica.

No una creencia.

Una evidencia.

Lo que realmente somos nunca ha nacido.

Y, por eso mismo, nunca puede morir.

Y hubo algo que, con el tiempo, incluso me hizo sonreír.

Mi ego estaba profundamente defraudado.

Había imaginado que la iluminación sería un estado de gozo permanente.

Una felicidad desbordante.

Algo espectacular.

Y lo que encontró fue un silencio inmenso.

Tan simple.

Tan desnudo.

Tan absolutamente ordinario…

que incluso le pareció aburrido.

Después de aquel instante comprendí que cualquier camino espiritual que hubiera recorrido hasta entonces había perdido importancia.

No porque hubiera sido un error.

Al contrario.

Cada paso me había preparado para sentarme aquel día.

Y desde entonces, la espiritualidad dejó de ser una búsqueda. Se convirtió en un reconocimiento.

Comprendí que ningún camino puede llevarte a aquello que ya eres.

Aquella experiencia abrió una puerta.

Pero fue poco después cuando comenzó el verdadero camino.

Poco tiempo más tarde, apareció mi maestro, Mooji.

Y con él llegaron la sangha, la autoindagación y la comprensión viva del Vedanta Advaita.

Entonces entendí que aquella experiencia no era una meta.

Era una invitación.

Una llamada a dejar de perseguir experiencias y comenzar a descansar, una y otra vez, en aquello que nunca cambia.

Desde entonces sigo meditando.

No para volver a vivir aquel instante.

Las experiencias vienen y se van.

La Verdad no.

Ya no me siento para dejar la mente en blanco.

Ni para alcanzar estados especiales.

Ni para convertirme en alguien mejor.

Me siento para volver.

Volver al silencio.

Volver al Yo Soy.

Y desde ahí observar cómo aparecen los pensamientos, las emociones, el cuerpo, la identidad y la historia.

Todo viene.

Todo se va.

Y, sin embargo, hay algo que permanece.

Desde aquel día, algo más cambió.

Mi atención dejó de quedarse atrapada únicamente en las formas.

Comenzó a descansar en el espacio que las sostiene.

El espacio entre los árboles.

El espacio entre las personas.

El silencio entre dos pensamientos.

El vacío entre una respiración y la siguiente.

Durante toda mi vida creí que la realidad eran las formas.

Hoy, muchas veces, siento que las formas aparecen y desaparecen en algo infinitamente más vasto.

Y ese espacio silencioso me resulta más íntimo que cualquier objeto.

Más cercano que cualquier pensamiento.

Más verdadero que cualquier historia sobre mí.

Del 10 al 16 de agosto compartiré un retiro de Meditación y Silencio.

No puedo ni quiero prometerte un satori.

Ni creo que deba buscarse.

Lo único que puedo ofrecerte es un espacio de silencio, presencia y autoindagación.

Un espacio para detenernos.

Para mirar con honestidad.

Y quizá descubrir que aquello que llevamos toda la vida buscando nunca estuvo lejos.

Porque, antes de cualquier pensamiento…

Antes de cualquier historia…

Antes incluso de decir «yo»

Ya eres.

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