20 Oct Somos seres de luz aprendiendo a ser humanos.
Somos seres de luz aprendiendo a ser humanos
La inocencia como puerta al perdón, la responsabilidad y el reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza.
Este fin de semana, en nuestro retiro de Tantra y Sexualidad Consciente, hemos trabajado un tema profundamente humano: la culpa.
Hemos recorrido junt@s una ruta terapéutica que nos invita a mirar de frente aquello que hacemos cuando sentimos que hemos causado daño. A reconocer nuestra responsabilidad, observar cómo nos castigamos, comprender nuestras formas de autocastigo y aprender a reparar. Hemos pedido perdón, nos hemos abierto a recibirlo y, cuando ha sido posible, hemos aprendido a perdonar. Porque en nuestras relaciones sexoafectivas nos equivocamos. A veces hacemos daño. Otras veces somos quienes lo recibimos. A veces no sabemos cuidar, no sabemos poner límites, no sabemos expresar lo que sentimos o actuamos desde nuestras heridas, nuestros miedos y nuestros mecanismos de protección.
Y después llega la culpa.
Esa voz que nos recuerda lo que hicimos, pero que muchas veces deja de ayudarnos a comprender y comienza a castigarnos. Esa voz que nos hace creer que, porque hemos hecho algo que no estuvo bien, hay algo esencialmente malo en nosotr@s. Pero ¿y si pudiéramos mirar nuestra humanidad desde otro lugar?
No somos nuestros errores.
Durante el retiro surgió una comprensión que atravesó todo lo que estábamos compartiendo. Una palabra que unía el trabajo terapéutico con la mirada del Vedanta Advaita y que, de alguna manera, daba sentido a todo el proceso.
No somos seres humanos intentando llegar a ser divin@s: somos seres divinos aprendiendo a ser human@s.
¿Y qué hace un ser humano cuando está aprendiendo?
Se equivoca.
Para aprender a caminar, caminamos y nos caemos. Para aprender a hablar, repetimos sonidos. Para aprender a atarnos los cordones, necesitamos intentarlo una y otra vez. Para aprender una lengua, una habilidad o una nueva manera de relacionarnos, repetimos, nos confundimos, corregimos y volvemos a intentarlo.
Uno por uno es uno. Uno por dos son dos.
Y lo repetimos tantas veces como sea necesario hasta que deja de ser algo que tenemos que pensar y se convierte en algo que sabemos hacer.
Así aprendemos.
No esperamos a saber caminar para empezar a caminar. No necesitamos dominar un idioma para atrevernos a hablarlo. Aprendemos precisamente porque todavía no sabemos.
Y, sin embargo, cuando el aprendizaje sucede en el territorio de las relaciones, parece que nos exigimos algo diferente. Queremos saber amar antes de habernos equivocado amando. Queremos saber cuidar sin haber descubierto todavía nuestras formas de herir. Queremos tener relaciones conscientes sin atravesar las veces en las que actuamos inconscientemente.
Nos exigimos una maestría para la que todavía estamos aprendiendo.
Y cuando no estamos a la altura de nuestras propias expectativas, nos castigamos.
Pero ¿cómo vamos a aprender a ser humanos sin atravesar la experiencia de serlo?
La inocencia no nos exime de la responsabilidad.
Es importante aclarar algo: reconocer nuestra inocencia esencial no significa negar el daño que podemos causar.
No significa que todo esté bien, que nuestras acciones no tengan consecuencias o que las personas a las que hemos herido deban perdonarnos.
Tampoco significa que tengamos que permanecer en relaciones que nos hacen daño, ni que comprender al otr@ nos obligue a justificar sus comportamientos.
La inocencia de la que hablo no es la inocencia de quien no ha hecho nada. Es algo mucho más profundo: la posibilidad de no reducir nuestra identidad a aquello que hemos hecho, sentido o experimentado.
Puedo reconocer que he hecho daño sin convertirme en una persona dañina para siempre.
Puedo asumir que me he equivocado sin condenarme a vivir en el error.
Puedo mirar mis comportamientos, comprender de dónde vienen, responsabilizarme de sus consecuencias y hacer todo lo que esté en mi mano para reparar.
Y puedo hacerlo sin dejar de reconocer mi dignidad esencial.
La culpa puede señalar que algo necesita ser atendido. La responsabilidad nos permite responder ante ello. La reparación transforma esa comprensión en acciones concretas.
El castigo, en cambio, puede mantenernos atrapad@s en el pasado, como si sufrir lo suficiente pudiera deshacer lo sucedido.
Pero castigarnos no repara el daño. Aprender, responsabilizarnos y actuar de otra manera sí puede contribuir a repararlo.
No necesitamos condenarnos para poder cambiar. Necesitamos ver con claridad.
Pedir perdón, recibirlo y perdonar.
Durante el ritual del retiro, las palabras «soy inocente» y «eres inofensivo, eres inofensiva» adquirieron una profundidad especial.
No se trataba de declarar que nunca hemos hecho daño. Se trataba de mirar más allá de nuestros errores y reconocer que ningun@ de nosotr@s puede reducirse a ellos.
Desde ahí, pedir perdón puede dejar de ser una manera de aliviar nuestra propia culpa y convertirse en un acto de responsabilidad y encuentro.
Pedir perdón es reconocer el daño sin escondernos detrás de nuestras intenciones. Es escuchar el impacto que hemos tenido en otra persona, aunque no fuera eso lo que queríamos provocar. Es reparar lo que podamos y aceptar que la otra persona tiene sus propios tiempos y su propia libertad.
Recibir el perdón también puede ser un aprendizaje. A veces sabemos pedirlo, pero no sabemos recibirlo. Seguimos castigándonos porque, en el fondo, creemos que debemos pagar indefinidamente por aquello que hicimos.
Y perdonar puede significar dejar de alimentar el vínculo con el resentimiento, sin negar lo sucedido ni renunciar a nuestros límites. No siempre implica reconciliarse, recuperar la confianza o volver a compartir la vida.
El perdón no borra la experiencia. Puede cambiar la manera en la que nos relacionamos con ella.
Y cuando dejamos de mirarnos y mirarnos mutuamente únicamente desde el error, algo se ablanda. Podemos encontrarnos como seres humanos que están aprendiendo, con toda la complejidad, la vulnerabilidad y la belleza que eso implica.
No somos únicamente lo que nos sucede.
Aquí es donde, para mí, el trabajo terapéutico encuentra una profundidad extraordinaria cuando se encuentra con el Vedanta Advaita.
Podemos dedicar años a comprender nuestra historia, reconocer nuestros patrones, atender nuestras heridas, poner límites y aprender nuevas formas de relacionarnos. Todo ello tiene un valor inmenso.
Pero existe también una pregunta que nos invita a ir más allá:
¿Soy únicamente esta persona que vive todas estas experiencias?
¿Soy mis pensamientos, mis emociones, mis recuerdos, mis aciertos y mis errores? ¿Soy la historia que puedo contar sobre mí?
Desde el Vedanta Advaita, la invitación es a investigar nuestra verdadera naturaleza, aquello que somos antes de quedar definid@s por cualquier contenido de la experiencia.
No se trata de negar el cuerpo, la mente, la historia personal o el mundo. Tampoco de utilizar la espiritualidad para evitar aquello que necesitamos mirar y sanar.
Se trata de reconocer que nuestra identidad más profunda no tiene por qué quedar limitada a todo lo que aparece y desaparece en nuestra experiencia.
Puedo sentir culpa sin ser la culpa.
Puedo experimentar miedo sin ser el miedo.
Puedo reconocer una conducta equivocada sin convertirla en la definición de todo mi ser.
La experiencia sucede. Aprendemos de ella. Pero no necesitamos confundir todo lo que sucede con lo que somos.
Y esa distinción puede transformar profundamente nuestra manera de vivir y de relacionarnos.
Turiya: aquello que está presente en todos los estados
En el retiro también hablamos de los cuatro estados de conciencia descritos en la tradición del Advaita: vigilia, sueño con sueños, sueño profundo y turiya.
En la vigilia experimentamos el mundo que llamamos cotidiano. En el sueño aparecen otras experiencias, otros escenarios y otra identidad. El cuerpo y el entorno pueden desaparecer, pero sigue habiendo mente. En el sueño profundo no hay, para nosotr@s, una experiencia manifiesta del mundo ni el mismo sentido habitual de ser una persona. No hay ni cuerpo, ni entorno, ni mente. Y sin embargo decimos: “He dormido”.
Turiya, literalmente «el cuarto», apunta a algo que no es simplemente otro estado que aparece y desaparece después de los otros tres. En la tradición advaita se señala como la realidad consciente que no queda limitada por ninguno de ellos.
No es un logro que la persona tenga que alcanzar para convertirse en algo superior. Es una invitación a reconocer aquello que no depende de los contenidos cambiantes de la experiencia.
Desde esta mirada, la persona que aprende, se equivoca, ama, sufre y repara pertenece al ámbito de nuestra experiencia humana. Y, al mismo tiempo, podemos investigar si nuestra naturaleza más profunda queda verdaderamente agotada por esa historia personal.
No necesitamos esperar a ser perfectos para investigar quiénes somos.
No necesitamos resolver todos nuestros conflictos para reconocer nuestra verdadera naturaleza.
Y tampoco necesitamos negar nuestros conflictos para hacerlo.
La práctica consiste, precisamente, en no perder de vista ninguna de las dos dimensiones: atender con honestidad nuestra experiencia humana y reconocer aquello que somos más allá de las formas cambiantes de esa experiencia.
Aprender sin dejar de reconocernos.
Quizá una de las mayores dificultades de nuestro camino sea esta: queremos crecer, sanar, despertar y amar conscientemente, pero convertimos esos mismos propósitos en nuevas exigencias.
Nos exigimos no tener ego, no sentir celos, no equivocarnos, no reaccionar, no herir, no sufrir. Queremos convertirnos en una versión ideal de nosotr@s mism@s y, cada vez que no lo conseguimos, encontramos una nueva razón para juzgarnos.
Pero el aprendizaje no sucede así.
Aprender requiere observación, repetición, humildad y, sobre todo, la posibilidad de reconocer lo sucedido sin quedar atrapad@s en ello.
Podemos mirar nuestras sombras sin creer que somos únicamente sombra. Podemos reconocer nuestras limitaciones sin convertirlas en una condena. Podemos asumir que todavía no sabemos amar de determinadas maneras y comprometernos a aprenderlas.
No se trata de conformarnos con nuestros patrones, sino de dejar de confundir el rechazo hacia nosotr@s mism@s con la transformación.
La inocencia no es no equivocarse.
La inocencia es poder mirar lo que ha sucedido sin perder completamente el contacto con nuestra naturaleza esencial.
Es recordar que estamos aprendiendo.
Y que el aprendizaje, cuando va acompañado de conciencia y responsabilidad, puede convertirse en sabiduría.
El perdón verdadero: cuando el ego se rinde a la luz del amor
Hubo algo especialmente hermoso en la secuencia que vivimos durante el ritual.
Primero, nos encontramos en parejas. Una persona se abría a pedir perdón por algo que había hecho a la otra, incluso por aquello que podía considerar “la cagada más grande de su vida”. La otra persona recibía ese perdón.
Y en ese encuentro sucedía algo.
Algo se aliviaba.
Poner palabras a lo sucedido, reconocer el daño, atreverse a pedir perdón y encontrar a alguien dispuesto a recibirlo podía aflojar el peso que amb@s llevaban. No porque lo ocurrido dejara de importar, ni porque unas palabras pudieran borrar sus consecuencias, sino porque, por un instante, dejábamos de estar sol@s frente a aquello que había sucedido.
Después nos tumbamos, adoptando una disposición corporal que nos acercaba a la vulnerabilidad de un bebé. Y, de alguna manera, regresamos simbólicamente a ese lugar anterior a tantas defensas, exigencias y juicios. Un lugar de apertura, de sencillez, de inocencia.
Pero todavía quedaba algo: Perdonar.
Y ahí es donde, para mí, se produjo una de las comprensiones más profundas de todo el fin de semana.
Para perdonar de verdad, necesitamos ir más allá de la persona que cree tener razón.
Porque una cosa es decir «te perdono» y otra muy distinta es que el perdón suceda realmente en nosotr@s.
Podemos pronunciar esas palabras mientras seguimos aferrad@s al agravio. Podemos decir que hemos perdonado y continuar alimentando, en silencio, la posición de quien tiene razón, de quien está por encima, de quien merece una reparación que nunca termina de llegar.
Podemos incluso convertir el perdón en una nueva forma de superioridad: yo soy quien perdona, tú eres quien se equivocó; yo he evolucionado, tú todavía tienes que aprender.
Y ahí siguen el orgullo, la vanidad, la soberbia y la arrogancia. Quizá más refinados, quizá vestidos de espiritualidad, pero todavía presentes.
Por eso, perdonar de verdad nos invita a mirar todo eso. A reconocer cómo nos aferramos a nuestra historia, cómo construimos una identidad alrededor de lo que nos hicieron y cómo, a veces, necesitamos seguir teniendo razón para no sentirnos vulnerables.
No se trata de negar el daño ni de renunciar a nuestros límites. No se trata de reconciliarnos con quien nos ha herido ni de exponernos de nuevo a una relación que no es segura. Se trata de investigar quién es ese yo que necesita mantener vivo el agravio para seguir siendo quien cree que es.
Y aquí es donde el Vedanta Advaita deja de ser una filosofía que escuchamos o comprendemos intelectualmente y se convierte en una práctica radicalmente viva.
Desde esta comprensión, la invitación no es a fabricar una persona más espiritual, más buena o más evolucionada que sea capaz de perdonar a los demás. La invitación es a investigar nuestra verdadera naturaleza y a reconocer aquello que somos más allá de la identidad personal, con sus heridas, sus reivindicaciones y su necesidad de tener razón.
El perdón verdadero no consiste en que el yo se convierta en alguien más generoso. Consiste en dejar de estar completamente identificad@s con ese yo que necesita seguir teniendo razón.
Y eso es Advaita en la práctica. No como una idea bonita, sino en el lugar más difícil: allí donde alguien nos ha herido, donde nosotr@s hemos herido a alguien, donde el orgullo se resiste a ceder y donde todavía creemos que soltar el resentimiento significa perder algo de nosotr@s mism@s.
Ahí tenemos la oportunidad de investigar. De observar qué es lo que se aferra, qué es lo que exige, qué es lo que necesita seguir siendo víctima o juez.
Y de abrir ese movimiento a algo más amplio que nuestra historia personal.
No siempre podremos hacerlo inmediatamente. A veces necesitamos tiempo, distancia, protección y un proceso de reparación. El perdón no se puede imponer ni fabricar por voluntad. Pero cuando sucede de verdad, cuando deja de ser una obligación moral y nace de una comprensión profunda, algo se libera. No porque el pasado desaparezca, sino porque deja de tenernos prisioneros de la misma manera.
Y entonces quizá podamos mirar a la persona que tenemos delante sin reducirla a lo que hizo, del mismo modo que podemos dejar de reducirnos a nosotr@s mism@s a nuestros errores.
No para negar la humanidad, sino para reconocerla entera, con sus aprendizajes, sus contradicciones, sus heridas y su capacidad de transformación. Y, al mismo tiempo, sin perder de vista aquello que somos más allá de todo ello.
Ahí, para mí, la inocencia y la responsabilidad dejan de estar enfrentadas. Y el perdón se convierte en una puerta hacia la libertad.
Y, finalmente, el autoperdón: yo me perdono, yo soy inocente: todavía quedaba el último perdón.
Quizá el más difícil de todos.
El perdón hacia nosotr@s mism@s.
Porque podemos pedir perdón a alguien y sentir alivio cuando nos lo concede. Podemos recibir sus palabras, reconocer que el otr@ ya no nos condena y empezar a reparar el vínculo. También podemos llegar a perdonar a quienes nos han hecho daño, soltar parte del resentimiento y dejar de alimentar el agravio.
Pero ¿qué sucede cuando somos nosotr@s quienes no conseguimos perdonarnos?
¿Qué sucede cuando la otra persona ya nos ha perdonado, pero nosotr@s seguimos castigándonos? Cuando hemos comprendido nuestro error, hemos asumido nuestra responsabilidad, hemos reparado lo que estaba en nuestra mano y, aun así, seguimos recordándonos lo que hicimos. ¿Qué sucede con esto?
A veces somos nuestr@ juez más implacable.
Nos exigimos haber sabido lo que todavía no sabíamos. Nos reprochamos no haber actuado con una conciencia que entonces no teníamos. Nos castigamos por haber herido, por no haber visto, por habernos equivocado, por haber repetido algo que nos habíamos prometido no volver a hacer.
Y convertimos un error en una identidad.
Ya no decimos «hice algo que estuvo mal», sino «soy una mala persona». Ya no reconocemos que todavía estamos aprendiendo, sino que nos condenamos por no haber sabido hacerlo mejor.
¿Y cómo podemos aprender si no nos permitimos dejar de ser culpables?
Por eso, el último movimiento del ritual fue volver hacia nosotr@s mism@s.
Yo me perdono. Yo soy inocente.
Me perdono porque puedo reconocer el daño sin convertirme en ese daño. Porque puedo hacerme responsable de mis actos sin condenar mi existencia. Porque puedo mirar a la persona que fui, con sus limitaciones, sus miedos, sus necesidades y su falta de comprensión, y reconocer que también estaba aprendiendo a vivir.
Quizá entonces pueda decirme: no sabías lo que sabes ahora. No veías lo que hoy puedes ver. No tenías todavía las herramientas que has ido desarrollando con la experiencia. Y aunque algunas cosas sí pudiste haberlas hecho de otra manera, puedes aprender de ellas sin obligarte a sufrir eternamente.
El autoperdón no borra el pasado. Cambia nuestra relación con él.
Y aquí vuelve a abrirse la puerta del Vedanta Advaita.
¿Quién es ese yo que condeno? ¿Soy únicamente la persona que cometió aquel error? ¿Mi verdadera naturaleza queda definida para siempre por lo que hice, por lo que sentí o por aquello que todavía estoy aprendiendo a comprender?
La invitación no consiste en construir una imagen espiritual de nosotr@s mism@s en la que nunca hacemos daño. Consiste en reconocer nuestra humanidad sin olvidar nuestra naturaleza esencial.
Puedo responsabilizarme de lo que he hecho y, al mismo tiempo, investigar aquello que soy más allá de la historia que cuento sobre mí.
Puedo reconocer mis sombras sin creer que soy únicamente sombra.
Puedo seguir aprendiendo sin convertir el aprendizaje en una condena.
Yo me perdono. Soy inocente.
Y al pronunciar esas palabras, no estoy diciendo que nunca haya hecho daño. Estoy dejando de afirmar que merezco ser castigad@ para siempre por haberlo hecho.
Estoy permitiéndome reparar, aprender y continuar viviendo.
Estoy dejando de utilizar mi pasado como una sentencia contra mi presente.
Al final, también tengo que volver a casa.
A mí.
Somos seres de luz aprendiendo a ser humanos.
Yo me perdono.
Yo soy inocente.
Y desde esta inocencia, vuelvo a empezar.
Feliz Vida Plena!!!
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