31 Oct No mires la vida desde afuera. Entra en el juego
No mires la vida desde fuera: entra en el juego
Sobre el arte de participar en la existencia sin dejar de reconocer quiénes somos.
Hay comprensiones que llegan a través del estudio, de la meditación o de años de búsqueda espiritual. Y hay otras que aparecen de repente, mientras estás viajando, esperando un tren o conversando con alguien que no conocías hace cinco minutos.
A mí me está sucediendo algo de esto en Portugal.
He venido a participar en la vida de una manera diferente. Y, aunque todavía estoy descubriendo qué significa exactamente, empiezo a reconocer una diferencia importante entre observar la vida y estar verdaderamente dentro de ella.
Durante mucho tiempo, mi comprensión del Vedanta Advaita ha estado muy vinculada a la posición de quien observa: aprender a reconocer los pensamientos sin identificarme con ellos, contemplar las emociones sin convertirme en ellas, comprender que no soy ese personaje con el que habitualmente me identifico. Descubrir que hay algo en nosotr@s que permanece mientras todo cambia es una comprensión profundamente liberadora. Y permanecer en esa comprensión. Desapegarme de lo fenomenológico y permanecer en lo que subyace y que está siempre presente: el Ser, es decir, la paz, la gracia, el amor.
Sin embargo, me pregunto si, en ocasiones, podemos interpretar esa posición de observación de una manera que nos lleve a mantener cierta distancia respecto a la experiencia, como si vivir espiritualmente consistiera en mirar cómo sucede la vida, en lugar de participar plenamente en ella.
Y entonces aparece una pregunta:
¿Estoy viviendo mi vida o estoy observando cómo pasa?
El artista tiene que entrar en la obra
Hace poco, durante un taller de Arte Sanando, apareció una distinción que se me caló hondo: estar dentro o estar fuera.
En el contexto de la creación artística, la diferencia es evidente. Si quiero crear una obra que tenga vida, necesito implicarme. Tengo que dejarme afectar por lo que sucede, escuchar lo que aparece, permitir que algo me sorprenda y estar disponible para que la experiencia transforme aquello que estoy creando. No puedo pretender que la obra esté viva si yo permanezco completamente al margen de ella. La artista necesita entrar en el proceso creativo. Necesita arriesgarse a no saber exactamente qué va a suceder, dejar espacio a lo inesperado y permitir que la obra se revele mientras la crea.
Y empecé a preguntarme: ¿no sucede algo parecido con la vida? ¿Y si vivir plenamente también implica entrar en la experiencia, en lugar de limitarnos a observarla desde una distancia segura?
Cuando la vida no sigue nuestros planes
Imaginemos que estamos viajando. Tenemos un tren que coger, un horario que cumplir y una ruta perfectamente organizada en nuestra cabeza. Queremos llegar a tiempo. Queremos que el tren salga puntual. Queremos que las cosas sucedan de la manera que hemos previsto. Y, de repente, algo se tuerce.
Alguien nos hace una pregunta cuando tenemos prisa. Perdemos unos minutos. Nos equivocamos de camino. El tren se retrasa o aparece una situación que no habíamos contemplado. ¿Qué sucede entonces? Con frecuencia, dejamos de estar presentes en lo que está ocurriendo y empezamos a luchar mentalmente contra ello. Pensamos en lo que debería estar sucediendo, en lo que queremos que suceda y en cómo tendrían que desarrollarse las cosas para que nuestra experiencia resulte satisfactoria. La vida está ocurriendo aquí, pero nosotr@s estamos ocupad@s intentando que ocurra de otra manera. Y en ese instante nos desconectamos.
No necesariamente porque lo que está sucediendo sea desagradable, sino porque nuestra atención ha abandonado la experiencia presente para instalarse en una versión imaginaria de cómo deberían ser las cosas. La vida continúa, pero nosotr@s ya no estamos del todo en ella. Estamos en nuestros planes, en nuestras expectativas, en nuestra necesidad de controlar el resultado.
Y quizá la cuestión no sea dejar de tener planes, sino aprender a sostenerlos sin convertirlos en una condición para poder disfrutar de la vida. Podemos querer llegar a tiempo al tren y, al mismo tiempo, estar disponibles para lo que sucede mientras caminamos hacia la estación. Podemos tener una dirección sin dejar de estar presentes en el camino.
Tener un rumbo no significa que tengamos que cerrar los ojos a todo lo que encontramos mientras avanzamos.
¿Y si nada estuviera interrumpiendo la experiencia?
Hay algo que empieza a cambiar cuando dejamos de considerar cada acontecimiento inesperado como una interrupción de aquello que pretendíamos hacer. La señora que se acerca a preguntarnos algo deja de ser necesariamente alguien que nos hace perder el tiempo. Una conversación imprevista puede convertirse en una parte hermosa del viaje. Un cambio de planes puede abrir una posibilidad que no habíamos imaginado. Y un momento aparentemente insignificante puede convertirse en el recuerdo más vivo de toda una jornada.
No se trata de idealizar todo lo que sucede ni de pensar que cada acontecimiento esconde un mensaje destinado especialmente a nosotr@s. Tampoco significa que debamos aceptar pasivamente cualquier situación, renunciar a nuestros límites o dejar de actuar cuando algo requiere nuestra intervención. Se trata de algo más sencillo y, a la vez, más profundo: dejar de exigir que la vida se ajuste constantemente a nuestra idea de cómo tendría que desarrollarse para poder participar en ella.
Cuando estamos demasiado identificad@s con nuestro itinerario mental, solo vemos aquello que nos acerca al destino que hemos elegido. Lo demás nos parece una molestia.
Pero ¿qué ocurre cuando dejamos de vivir cada desvío como un error? Que recuperamos la capacidad de encontrarnos con lo que está sucediendo. La experiencia deja de ser un trayecto que debemos atravesar cuanto antes para llegar a aquello que realmente nos interesa.
La experiencia es el viaje. Y el viaje está ocurriendo ahora.
La vida como un juego
Me gusta contemplar la existencia como un gran juego del que formamos parte. Un juego en el que hay movimiento, encuentros, pérdidas, descubrimientos, incertidumbre y sorpresa. Un juego en el que podemos tener objetivos, tomar decisiones, explorar posibilidades y comprometernos profundamente con aquello que hacemos, sin necesidad de controlar todos los acontecimientos. Cuando jugamos de verdad, estamos presentes. Nos importa lo que sucede, respondemos a las circunstancias y nos dejamos sorprender por el desarrollo de la partida. No necesitamos conocer de antemano cada movimiento. De hecho, si todo estuviera decidido, si supiéramos exactamente qué va a suceder y pudiéramos controlar cada detalle, ¿dónde quedaría la aventura?
Quizá una parte de la belleza de vivir consista precisamente en esa apertura a lo desconocido. En descubrir que la experiencia puede ofrecernos algo que no habíamos previsto. En dejar de tratar la vida como un obstáculo que debemos gestionar para llegar a un futuro mejor y empezar a reconocerla como el espacio mismo en el que todo está sucediendo.
Y aquí aparece algo que me interesa especialmente: no es necesario abandonar nuestros proyectos ni dejar de caminar en una dirección. Podemos querer crear una obra, emprender un viaje, construir una relación o desarrollar un proyecto. La diferencia está en si utilizamos el presente únicamente como un medio para alcanzar lo que queremos o si permitimos que el presente tenga valor por sí mismo.
Podemos caminar hacia un destino sin dejar de mirar el paisaje. Podemos tener una intención sin cerrarnos a lo inesperado. Podemos participar en la creación sin pretender ser quienes controlan por completo el resultado. Quizá vivir consista en aprender a hacer ambas cosas a la vez.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el Vedanta Advaita?
Aquí es donde mi reflexión se vuelve especialmente interesante. El Vedanta Advaita nos invita a investigar quiénes somos realmente, más allá de los pensamientos, las emociones, el cuerpo y la historia personal con la que nos identificamos. Nos invita a reconocer la conciencia en la que aparecen todas nuestras experiencias.
Desde esta perspectiva, podemos observar el personaje: sus deseos, sus temores, sus expectativas, sus estrategias y su necesidad de controlar lo que sucede. Podemos descubrir que no somos únicamente esa identidad que intenta dirigir la vida para sentirse segur@. Pero existe una diferencia entre reconocer que no somos exclusivamente el personaje y vivir como si tuviéramos que mantenernos al margen de él. El personaje sigue participando en el mundo. Tiene relaciones, toma decisiones, siente, crea, se equivoca, aprende y responde a las circunstancias.
La comprensión espiritual no tiene por qué convertirnos en espectador@s distantes de todo ello. Podemos sentir sin quedar completamente atrapad@s en lo que sentimos. Podemos implicarnos sin creer que controlamos el conjunto. Podemos amar sin olvidar que el la otr@ no nos pertenece. Podemos actuar sin convertir cada resultado en una medida de nuestro valor. Y podemos vivir una experiencia intensamente sin necesitar que sea permanente.
Desde una lectura no dual, la conciencia no está separada de la experiencia como un espectador@ situad@ en otro lugar. La metáfora del observador@ puede ayudarnos a tomar distancia de nuestros pensamientos, pero no debe confundirse necesariamente con una separación literal entre quien observa y aquello que es observado. La vida aparece con todas sus formas, movimientos y acontecimientos. Y también aparece este personaje a través del cual la experiencia humana se despliega. No necesitamos convertirnos en alguien diferente ni expulsar al personaje para reconocer la naturaleza de lo que somos. Quizá el descubrimiento consista en dejar de confundir nuestra identidad personal con la totalidad de nuestra existencia, sin que eso nos impida participar plenamente en ella.
No se trata de dejar de vivir para convertirnos en observadores de la vida. Se trata de descubrir que podemos vivir plenamente sin quedar reducidos a la identidad que creemos ser.
Estar dentro sin perder la libertad
Hay una distinción que me parece importante. Estar dentro de la vida no significa estar atrapad@s en todo lo que sucede. No significa reaccionar impulsivamente a cada estímulo, identificarnos con cada emoción o dejarnos arrastrar por cualquier circunstancia. Tampoco significa que debamos permanecer en situaciones que nos hacen daño bajo la idea de que todo forma parte del juego.
Podemos estar profundamente presentes y, aun así, decir que no. Podemos disfrutar de un encuentro y reconocer cuándo ha llegado el momento de marcharnos. Podemos implicarnos en una relación sin renunciar a nuestra libertad. Podemos sentir tristeza sin convertirla en una identidad permanente.
La presencia no nos quita capacidad de elección. Al contrario, puede ayudarnos a responder con mayor claridad, porque dejamos de actuar exclusivamente desde el automatismo de nuestras expectativas y nuestros miedos. Quizá la diferencia esté en que ya no necesitamos desconectarnos de la experiencia para sentirnos libres de ella. Podemos estar dentro y conservar la capacidad de observar. Podemos observar sin apartarnos. Podemos participar sin quedar completamente atrapad@s. Y podemos permitir que la vida nos toque sin exigirle que nos garantice un resultado determinado.
La aventura de no saber
Ahora, mientras estoy en Portugal, siento que estoy experimentando esta manera de estar en el mundo. No es que haya dejado de tener planes ni que haya perdido el interés por aquello que quiero hacer. Es que empiezo a disfrutar de una forma diferente de relacionarme con lo que sucede. Si algo cambia, puedo explorar ese cambio. Si aparece alguien, puedo encontrarme con esa persona. Si surge una situación inesperada, puedo descubrir qué posibilidades abre. No necesito preguntarme inmediatamente por qué ha ocurrido ni convertirlo en una enseñanza espiritual. Puedo, sencillamente, estar ahí. Participar. Escuchar. Responder. Dejarme sorprender.
Y, mientras tanto, seguir caminando en la dirección que he elegido, sin exigir que el camino sea exactamente como lo había imaginado. Hay algo profundamente creativo en esta manera de vivir, porque la creatividad no consiste únicamente en producir algo nuevo. También implica estar disponibles para aquello que todavía no conocemos, permitir que la experiencia nos transforme y descubrir posibilidades que no estaban presentes en nuestra idea inicial.
Quizá la vida nos invita a hacer lo mismo: A dejar de intentar escribir cada página de antemano. A entrar en la obra mientras se está creando. A recordar que no estamos aquí únicamente para llegar a algún lugar, sino también para participar en el misterio de lo que está sucediendo.
Y tal vez, cuando dejamos de exigir que la vida nos sorprenda de una manera determinada, descubrimos que la sorpresa ya estaba ahí. En una conversación inesperada. En un cambio de planes. En el paisaje que apenas habíamos mirado. En la persona que aparece cuando estábamos pensando en otra cosa. En el instante presente, que nunca es exactamente igual al que habíamos imaginado.
No estás mirando la vida. La vida está sucediendo.
Tal vez la invitación no sea abandonar al observador@ para convertirnos en personajes completamente identificados con la historia. Ni tampoco permanecer eternamente en una posición desde la que todo se contempla, pero nada termina de tocarnos. Quizá se trate de descubrir una intimidad más profunda con la existencia. Una manera de estar en la que la libertad interior no dependa de mantenernos a distancia, sino de reconocer que podemos participar sin aferrarnos, amar sin poseer, crear sin controlar y caminar sin exigir que el camino confirme constantemente nuestras expectativas.
No sabemos qué traerá el siguiente instante. Podemos hacer planes, preparar el viaje y elegir nuestro destino. Pero la vida siempre conserva una dimensión de incertidumbre que escapa a nuestros cálculos. Y quizá no sea un defecto que debamos corregir. Quizá sea precisamente lo que hace posible la aventura, así que, la próxima vez que algo inesperado aparezca en tu camino, tal vez puedas detenerte un instante antes de considerarlo una interrupción. Preguntarte si realmente está impidiendo que vivas o si, por el contrario, forma parte de la vida que ya está sucediendo. Quizá no necesites abandonar tu camino. Quizá solo necesites volver a entrar en él. Porque la vida no está esperando a que llegues a tu destino para empezar.
La vida es esto que está sucediendo ahora.
Y tú, ¿estás dentro? ¿O estás esperando que todo suceda como habías previsto para empezar a vivir?
Feliz Vida Plena 
www.sayarimati.com
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