Un oasis para volver a sentir

Un oasis para volver a sentir

 

Un oasis para volver a sentir

 

Vivimos en un tiempo en el que la sexualidad está por todas partes.

Se habla de sexo, se muestran cuerpos, se consumen imágenes, se buscan encuentros a través de aplicaciones, se desliza el dedo hacia un lado o hacia otro para decidir quién nos atrae y quién no.

Y, sin embargo, tengo la sensación de que muchas personas están profundamente desorientadas en su sexualidad.

No porque no tengan sexo.

Sino porque, muchas veces, han perdido el contacto con aquello que verdaderamente anhelan a través de él.

 

La sexualidad puede convertirse fácilmente en consumo:

Consumo de cuerpos.

Consumo de sensaciones.

Consumo de experiencias.

Consumo de personas.

 

Un encuentro rápido. Un coito rápido. Un orgasmo rápido. Y después, cada un@ vuelve a su vida.

Y quizás no hay nada malo en ello cuando es elegido conscientemente.

 

Pero me pregunto:

¿Y qué ocurre con esa otra sexualidad que necesita tiempo?

La que necesita presencia.

La que necesita confianza.

La que no tiene prisa por llegar a ninguna parte.

La que no busca conseguir algo del otr@.

La que permite que dos cuerpos puedan encontrarse sin tener que convertirse inmediatamente en amantes, parejas o objetos de deseo.

 

Crear espacios donde el cuerpo pueda relajarse.

Por eso, para mí, los espacios de Tantra que facilito son tan importantes.

Tanto los espacios de Tantra para tod@s como los espacios de Tantra en pareja.

Porque intento crear algo que siento que hoy necesitamos profundamente:

Un oasis.

Un lugar donde el cuerpo pueda dejar de defenderse.

Donde no tenga que demostrar nada.

Donde no tenga que ser atractivo.

Donde no tenga que responder a las expectativas de nadie.

 

Un espacio donde podamos descubrir que es posible tocar y ser tocad@ sin que necesariamente tenga que haber sexualización inmediata.

 

Mirar.

Respirar.

Sentir.

Escuchar.

Abrazar.

Dejarse sostener.

Percibir al otr@.

 

Y descubrir que puede existir intimidad sin necesidad de llegar al coito.

Una sexualidad más allá de los fluidos.

 

Hay una sexualidad que no necesita fluidos para ser profundamente sexual.

Una sexualidad que puede estar en una mirada sostenida.

En una respiración compartida.

En dos cuerpos que se acercan lentamente.

En una mano que recorre la espalda con presencia.

En el silencio entre dos personas.

En sentir cómo algo se abre dentro de nosotr@s cuando dejamos de intentar conseguir placer y simplemente nos permitimos sentir.

 

Esta sexualidad puede ser extraordinariamente profunda.

Porque no está orientada únicamente hacia el hacer.

Está orientada hacia el estar.

Y quizás ahí encontramos algo que nuestra alma lleva mucho tiempo buscando:

No necesariamente más sexo, sino más intimidad.

Más conexión.

Más verdad.

Más presencia.

 

El cuerpo sabe.

Muchas personas llegan a estos espacios pensando que tienen que aprender algo nuevo.

Y a menudo descubren algo diferente: que su cuerpo ya sabía.

Que debajo de todas las ideas que hemos aprendido sobre el sexo, debajo de las expectativas, del rendimiento, del deseo de gustar, de la necesidad de excitar o de llegar al orgasmo, existe un cuerpo que simplemente quiere sentirse seguro para poder abrirse.

Cuando el cuerpo se siente seguro, puede aparecer otra sensibilidad.

Más lenta.

Más sutil.

Más amplia.

Y entonces la sexualidad deja de ser solamente algo que sucede entre dos cuerpos y empieza a convertirse en una experiencia de presencia.

 

Por eso los considero espacios sagrados.

No utilizo la palabra «sagrado» porque piense que la sexualidad tenga que ser solemne.

Todo lo contrario.

Puede haber juego, risa, sensualidad, placer, movimiento, desnudez y mucha alegría.

 

Pero hay algo que para mí es esencial:

el respeto por el cuerpo y por el espacio del otr@.

Que un «no» sea un no.

Que un «sí» sea un sí verdadero.

Que nadie tenga que hacer nada que no quiera.

Que podamos aprender a escuchar nuestros límites.

Y que podamos descubrir que la intimidad no se construye atravesando los límites del otr@, sino encontrándonos precisamente ahí donde amb@s podemos estar presentes.

 

Por eso estos espacios son, para mí, espacios sagrados.

Porque en ellos el cuerpo puede dejar de ser un objeto.

Puede dejar de ser algo que se consume.

Y volver a ser un lugar donde habitar.

 

Quizás eso es lo que estamos necesitando recuperar.

No otra aplicación.

No otro cuerpo.

No otra experiencia que consumir, sino un espacio donde podamos volver a encontrarnos con nosotr@s mism@s a través del encuentro con otr@.

Un espacio donde el cuerpo pueda respirar.

Donde el corazón pueda abrirse.

Donde la sexualidad pueda recuperar su profundidad.

Y donde podamos recordar algo muy sencillo:

que no siempre necesitamos hacer más.

A veces solo necesitamos estar.

Estar de verdad.

Y sentir.

 

Ese es el oasis que ofrezco en cada uno de mis espacios de Tantra.

Un lugar para volver al cuerpo.

Un lugar para volver a sentir.

Un lugar para volver a encontrarnos.

 

Un templo para aprender a escucharnos.

Para mí, estos espacios son también templos del amor.

No porque allí tengamos que representar una idea romántica del amor, sino porque son lugares donde podemos aprender algo que, sorprendentemente, much@s adult@s todavía no sabemos hacer:

escucharnos de verdad.

Aprender a reconocer un sí.

Un no.

Un «quizás».

Un «todavía no».

Un «esto sí me gusta».

Un «esto ya no».

 

Y, sobre todo, aprender a confiar en lo que sentimos.

Por eso concibo muchas de las experiencias que propongo como un laboratorio experiencial.

 

No venimos solamente a recibir información sobre sexualidad consciente.

Venimos a experimentar.

A sentir qué ocurre dentro de mí cuando alguien se acerca.

Cuando alguien me mira.

Cuando me toca.

Cuando me pide algo.

Cuando yo deseo algo.

Cuando algo me gusta.

Cuando algo no me gusta.

Cuando quiero acercarme.

Y cuando quiero retirarme.

 

Y en ese proceso aparece un aprendizaje extraordinariamente valioso: mi sentir es una fuente de información.

Puedo escucharlo.

Puedo validarlo.

Puedo expresarlo.

Y puedo actuar en consecuencia.

Aprender a poner límites desde el cuerpo.

 

Hay personas que han aprendido a decir que sí cuando en realidad querían decir que no.

Por complacencia.

Por miedo a decepcionar.

Por miedo a perder al otr@.

Por no saber cómo expresarlo.

 

Y también hay personas que nunca tuvieron la oportunidad de aprender a reconocer sus propios límites. No porque no los tengan, sino porque nadie les enseñó a escucharlos.

Y esto puede trasladarse después a cualquier vínculo: a una pareja, a una relación que comienza, a una relación de muchos años, a una amistad, incluso a la propia relación con un@ mism@.

 

Por eso practicar el consentimiento en un espacio cuidado puede convertirse en algo mucho más profundo que aprender a decir «sí» o «no».

Es aprender:

¿Qué siento yo?

¿Qué quiero yo?

¿Dónde está mi límite?

¿Puedo expresarlo?

¿Puedo sostenerlo aunque al otr@ no le guste?

Y también:

¿Puedo escuchar el límite del otr@ sin sentirme rechazad@?

Esto último es igualmente importante.

Porque respetar un no también es una forma de amor.

Recuperar la confianza en un@ mism@.

 

Cuando repetimos estas experiencias en un espacio seguro, poco a poco vamos desarrollando algo que considero fundamental:

confianza en nosotr@s mism@s.

No una confianza mental basada en «yo sé lo que tengo que hacer».

Una confianza mucho más íntima.

La confianza de sentir:

Sé escucharme.

Sé cuándo quiero.

Sé cuándo no quiero.

Sé poner un límite.

Sé cambiar de opinión.

Sé decir que sí.

Sé decir que no.

Y sé que puedo confiar en mí.

 

Entonces, cuando aparece un vínculo nuevo —o cuando estamos dentro de uno antiguo— ya no necesitamos abandonarnos para mantener la relación.

Podemos encontrarnos con el otr@ sin perdernos.

Podemos amar sin complacernos.

Podemos abrirnos sin traicionarnos.

Podemos decir sí desde un lugar verdadero.

Y podemos decir no sin sentir que estamos haciendo algo malo.

Para mí, esto también es Tantra.

 

Y quizás sea una de sus dimensiones más importantes: volver a convertir nuestro cuerpo en un lugar en el que podemos confiar.

Un templo.

Un templo del amor.

Un templo de presencia.

Un templo donde aprender, poco a poco, a habitarnos.

 

Te vienes?

Feliz Vida Plena

Sayarimati.com

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